La muerte de Yako

Yo creía que era un nombre original. Yako. Para mí era un nombre muy original.

Creo que fue a la salida de uno de mis frustrantes entrenamientos de hockey pista en el Instituto San José Obrero, poco más allá de lo que mi abuela siempre llamó ‘Los Alpes’, que aún hoy no tengo claro si era el nombre del barrio o mi abuela lo usaba porque por allí había una tienda que se llamaba así.

No recuerdo nada del Instituto. Sólo que era de ladrillo visto y que tenía la entrada haciendo esquina. Pero no recuerdo nada de puertas hacia adentro; sólo la pista de futbito típica de todos los colegios: 30 metros de hormigón gris pulido, con líneas verdes, blancas y amarillas que para lo único que servían era para provocar peleas: “ha sido penalty!! ha sido dentro del área!!!…” “Que no gilipollas, que esa es la línea del baloncesto, no la del futbol!!!”… y así hasta que se llegaba a las manos o ponía orden el más peligroso de la pandilla. En el Instituto San José Obrero, sin embargo, yo no jugaba al fútbol ni al baloncesto. No señor. Aquella era la época de probar con el hockey pista. O mejor debería decir el “hockey hierba sobre pista”, porque hasta donde yo sé el hockey pista se juega con patines y a la pelota se le puede golpear con los dos lados del palo, como en el hockey sobre hielo. Pero no, nosotros no teníamos patines y el palo que usábamos era el de hockey hierba: un trozo de madera bastante más corto y curvo por uno de los lados, con el que estaba prohibido tocar la pelota. Se me hace farragoso explicar ahora el tipo de movimientos, flexiones y reflejos necesarios para jugar al “hockey hierba sobre pista” pero digamos que no era el deporte más adecuado para un pre-adolescente demasiado alto, demasiado lacio y demasiado carajote, que es lo que yo era a los 10 años.
Digo que creo que fue a la salida de uno de esos entrenamientos frustrados, cuando mis padres me esperaban en el coche para recogerme…. iba a decir “como cada día”, pero en realidad no lo recuerdo. De hecho, intuyo que ya era así porque para entonces mi madre y yo nos acabábamos de mudar a la nueva casa, a Valencina, un pueblo demasiado cerca de Sevilla como para tener vida propia pero lo suficientemente lejos como para no permitirte disfrutar de la ciudad siendo un pre-adolescente. Durante el primer curso, vivía en Valencina pero seguía yendo al colegio en mi barrio de toda la vida, en Las Golondrinas, allí entre La Paz y La Bachillera, frente por frente a ese puente que yo había visto construir desde mi ventana, el del Alamillo, y al final de lo que hoy es Nuevo Torneo y que antes fueron las vías del tren donde, te juro, mamá, que yo no iba aponer monedas de 25 pesetas (sin agujeros) ni a hacer fogatas a media tarde ni a hacer guerras entre las trincheras que nos abrieron las obras.
Pues eso, que uno de aquellos días (no fue desde luego el día en que un compañero de entrenamiento, menos frustrado que yo, me dio un palazo en plena ceja que me dejó tuerto durante una semana), tras salir del entrenamiento, sería octubre, entré en la parte trasera del coche de mi padre, un Renault 21 gris, y me desplomé sobre la tapicería de serie, tan austera como todo el coche en sí.

“Te vamos a hacer un regalo”, puedo suponer que dijo mi madre. “Pero no es un juguete, ¿eh?”, apostillaron los dos a la vez. Yo seguramente puse cara mitad de intriga mitad de escepticismo y guardé silencio. Aunque eso tampoco lo recuerdo bien. Puede que mi madre llevara un jeresey rojo de lana, de cuello vuelto, con alguna línea negra. O puede que eso también sea un relleno que hace mi cerebro, entre pixel y pixel, para poder conservar lo más importante de la fotografía: el movimiento. Mi madre se vuelve sobre sí misma, baja los brazos hacia entre sus pies, agarra algo, tarda, parece que lo coje con cuidado, su tronco recupera la verticalidad, y de nuevo el escorzo, primero la cabeza hacia mi, buscando mi mirada, el cambio que en mi mirada iba a producir su siguiente movimiento.

El resto de su tronco se volvío hacia mí y los brazos, alzados, lo suficiente para que fuera un esfuerzo pero lo justo para no tener problemas con el techo, sujetaban una mancha negra de vientre marrón, con orejas lánguidas, hocico húmedo y con los ojos ocultos entre las arrugas de la cara. Era un pastor alemán. Creo que ese día, el primero, cuando aún no tenía ni nombre, fue uno de los últimos días en los que le dediqué a Yako el cariño que se merecía. Cariño que él después me rogó con el batir de su cola durante muchos años más, hasta que supongo que un día se cansó de esperarme y me recibía en casa como a cualquier persona que la frecuentara.
Yako se ha muerto. De viejo (13 años son muchos para un perro de vida absolutamente sedentaria) y posiblemente de noche. Y no es hoy cuando lloro y me lamento y tengo remordimientos por no haber sido el dueño que él habría merecido. No, porque hace ya muchos meses que lloré por eso, me lamenté por eso y tuve remordimientos por eso. Fue durante una de mis escapadas de Madrid para ir a ver a mi madre y mis amigos, a pasar un par de noches en Valencina. “Yako está pachucho”, me dijo ella, mi madre, la madre de Yako, la que siempre cuidó de él porque para mí dejó pronto de ser no tan siquiera un regalo sino tampoco “un juguete”. Apenas jugué con él. En verano sí, a ratos, me gustaba coger la manguera y torearle. Sí, era divertido verle correr detrás del chorro, que yo usaba a modo de capote. Después él se cansaba de tragar agua y yo le pegaba un par de patadas al balón para que corriera. Pero luego nunca me lo traía, se lo tenía que quitar de la boca… y al final me daba por vencido, o cansado, y se acababa el juego.

“Yako está pachucho”. Y sí que lo estaba. Apenas podía usar las patas traseras para andar, tenía los ojos empapados en mucosidades nada agradables y no reaccionaba ante casi ningún estímulo. Aquella noche yo no podía dormir: había llegado el momento de los remordimientos y más que torturarme simplemente me limité a asumirlos como un castigo, como un precio que pagar por algo que ya sabías que era caro. Como una resaca que ya sabías que ibas a tener cuando te tomaste la cuarta copa. La tenías prevista pero, aún así, la tienes. Y yo esa noche no podía dormir. Me puse las zapatillas y salí a la calle, con él. Le pedí perdón no para que me perdonada sino para que supiera que era consciente de que nunca fui el amo atento que a él le habría gustado tener. Con lágrimas, claro, pero sin dramas ni catarsis desproporcionadas. Con dolor, claro. Con dolor.
Al día siguiente, Yako estaba mucho mejor. Pero aquella noche había sido la oportunidad que nos dio la suerte para escenificar algo muy parecido a una despedida. Desde entonces, han pasado los meses y nos hemos vuelto a ver en alguna ocasión. Mi velada indiferencia se había convertido en una velada complicidad, una compasión mutua disimulada.

Pero el tiempo ha pasado rápido y hace meses que no voy a Valencina, que no veo a Yako y que tampoco pensaba en él. Y hoy mi madre me ha dicho lo que ya sabía sin saberlo: Yako ha muerto. No me hace falta imaginármelo inerte en la puerta de casa. Ni recrear el momento en el que mi madre rompe a llorar. Ni saber que está enterrado bajo un olivo camino de Salteras o de Gines. A saber cuándo podré ir, si voy, si tiene sentido ir, hasta ese olivo.

No me hace falta porque yo ya me despedí de Yako, hace meses, aquella noche, no bajo el olivo en el que está ahora enterrado sino bajo el limonero de la puerta de mi casa. Fue entonces cuando me despedí de él, justo en el mismo momento en que comprendí también, todo de golpe, que la fingida indiferencia se había apoderado de mi adolescencia, que mi vida había cambiado irreversiblemente de ciclo, el mismo día en el que dejé mi pasado en el lugar del que nunca se movió mi perro: en los brazos de mi madre.

Yako se ha muerto porque me he hecho mayor.


18 Comentarios to “La muerte de Yako”

  1. 1 Txetun

    Mi más sentido pésame (de corazón).

  2. 2 Ro_ameba

    : (

  3. 3 noelia

    siento lo de tu perro y muy bonita tu reflexión ;)

  4. 4 Roberto

    Un abrazo muy fuerte amigo.

  5. 5 Alatriste

    Yo conocía a Yako. Le llamaba en broma Yakokote. Me parecía que le iba más…el “ote” se identificaba con sus andares, con su medio trote pausado, algo “ganso”, con esa manera de empujarte las piernas con la cabeza. Quizá le llamaba asi por estar acostumbrado a manosear al mio, que es un perro pequeño….mas cercano al “ito”, también viejo, tambien pachucho, tambien con esos ojos que se van volviendo opacos. Pronto se irá con Yako supongo, donde quiera que vayan los animales buenos, fieles y desinteresados. Afortunadamente y de acuerdo con la ley de probabilidades, sólo tendré que enterrar a un perro, el mio, porque lo de Yako ya ha sido una especie de avance sobre como me sentiré cuando “el hecho biológico” se produzca.

  6. 6 teo

    Me gustaba ese perro, incluso a mí, con mi animalofobia, me parecía un perro interesante. Me gustaba entrar en tu casa con la bicicleta en bisectriz para que el muy cabrito no intentara escaparse a darse una vuelta por aquellas calles frías de urbanización antigua.

    Todos crecemos. Un abrazo.

  7. 7 Lore

    Tu Yako es mi Eros, un pastor alemán que también nos regaló mi madre. Ánimo y un abrazo.

  8. 8 Alibaimor

    Nada de velada indiferencia al compartirlo con nosotros.

    Animets.

  9. 9 Caramelito

    A mi los perros me encantan, por fieles y cariñosos, por ser bolas de perro a las que dar achuchones. Y lo bien que te sientes cuando entrás en casa y te reciben de esa manera, con saltos, ladridos y movimientos de cola. Alguien más se pone tan contento cuando entrás en su casa??A mí ni mi madre me recibe de esa manera. Y dan mucha compañía, y les puedes hablar, y puedes jugar, y te chupan la cara, y te piden comida con cara de súplica cuando estás sentado a la mesa, y tienen personalidad. Y muchas cosas, me encantan lo perros. Todos nos hacemos mayores y vemos caer poco a poco a los nuestros. Mi más sincero pésame. Ah, por cierto, Yako es un nombre precioso para un perro.

  10. 10 Rosa J.C.

    Yo soy más gatuna, también tengo perrillo. Juanlu, un abrazote, tío. Me has tocado, me has tocado.

  11. 11 Lydia

    lo siento. todos crecemos, y he de reconocer que echaré de menos correr como una bala mientras subo las escaleras de tu casa(o casa de tu madre) con yako pisándome los talones, pobre, sólo era su manera de dar la bienvenida! la historia de Yako es la de otros muchos, leer cómo te sientes me ha hecho pensar en cómo me sentiré cuando llegue mi momento. y me da pena, mucha. un besazo amigo
    (por cierto, Cheto se suma con un lametazo o con un ladrido, mejor, que es lo suyo ;)

  12. 12 Patricia

    Lo siento mucho. Sé lo que se puede llegar a querer a esos animalitos que a veces nos miran y pareciese que lo están entendiendo todo a la perfección. Es muy triste. Un abrazo de osezna amigo.

  13. 13 Bárbara

    Lo siento amigo… De repente me siento adulta, y no sé si me gusta del todo o prefiero verme sentada en “la terracita” intentando parecer mayor… Mil besos, espero verlos pronto.

  14. 14 herminia

    Tienes la habilidad de emocionarme con tus reflexiones pero además me siento culpable y fria cuando estos acontecimientos suceden en realidad y no reacciono con tanto sentimiento como cuando te leo. Cuando murió Carlota lo sentí, claro que lo sentí, pero lo vi como un acontecimiento que sucede dentro del ciclo de la vida, quizás por mi profesión, quizas por la coraza que vamos creando alrededor, quizas porque hay personas que necesitamos continuamente pasar página para que no te coman los sentimientos. Siento tu pérdida pero sobre todo pienso en tu madre.

  15. 15 Delsur

    Cuando era un cachorro, un adolescente y luego un joven perro Yako era alegre, juguetón y muy vital. Luego poco a poco se fue volviendo más tranquilo y sosegado , hasta que por último, en los dos últimos años, no podia ni con su cuerpo ni con su alma. Sobre todo le cambio la mirada, esa mirada que he recordado intensamente los días posteriores a su muerte y que aún, cuando me acuerdo del él, se me clava en los ojos. Tenía una mirada cansada, melancólica, que trasmitía soledad y dolor. Su mirada era un reflejo de la mia. Yako se ha muerto y con él se ha muerto un tiempo cuya página no se puede pasar sin que a la mano le tiemble el pulso: hay daños irreparables.

    Pero se pasa. Y ahora, el jardín en el que Yako creció y murió, toman el sol y juegan una gata tuerta y sus cuatro gatitos. Ella perdió un ojo, pero con el otro mira el futuro con optimismo. Se le nota en la mirada cuando la miro.

  16. 16 carmen

    Esta semana también ha muerto mi perrita. Hay un gran vacío en mi casa y en mi alma.Ya no me quedan lágrimas…no como ni duermo pensando en lo rápido que se fue, después de 10 años en una semana se apagó y no sé si podré resistirlo.
    Sus ojitos me decían que se moría pero seguía moviendo su rabo cuando la miraba o la hablaba…Me ha dado tanto amor que no puedo vivir sin ella. Se llama Zara, es una yorkie dulce y preciosa y donde quiera que esté, le quiero decir que la recordaré hasta el final de mis días y mientras yo viva ella vivirá en mí, en lo más profundo de mi corazón..Hasta siempre, zara. Te quiero.

  17. 17 Yakox

    Iam the new revolution of Yakox sere el mejor t lo aseguro

  18. 18 ivette

    yo tengo un perro con el mismo nombre y dejame decirteque llore
    mi mas sentido pesamen

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